El oso Arturo y Cher, enemigos íntimos

Los tuits de Cher piden el traslado de un oso a Canadá. Y el oso habló, en exclusiva.

Suena el móvil. Es tarde, medianoche. No, no suena. Hace un ruidito y eso es lo que sí suena: un ruidito. No hay llamada. Y como no tengo WhatsApp, tampoco es eso. El despertador, mucho menos. Resulta que el ruidito ése no es un algo que suene considerable para despertarme. El ruidito es la alerta de un mensaje directo de ese otro coso llamado Twitter. Hay una luz que me avisa que algo ha llegado, además del ruidito.

El mensaje directo me lo acaba de enviar el Oso Arturo. No voy a colocar su nombre de usuario. Sospecho que él no quiere saber nada con estas cosas. Escribe, en correcto español: “Y como si no tuviera problemas con el clima, ahora Cher me hace fama de homosexual. No doy más. ¿Te puedo llamar?”.

Digo que sí. Es un sí del que no estoy convencido. Es un sí frágil que hasta podría ser un no. Me gana la inercia. “Claro, llamá”, respondo, vía Twitter.

M -¿Vos no tendrías que estar durmiendo, en vez de quedarte en Twitter hasta esta hora?

Cuando termino me doy cuenta que quizá el saludo es agresivo.

OA -Conmigo no te hagas el Moris, pendejo. Yo nunca viví en un bosque y nunca estuve muy contento- aclara.

Arturo parece preocupado. O enojado, como si estuviera harto. Me incorporo en la cama, como si eso fuera a despertarme un poco más. Entiendo que debo oírlo. Entiendo que esa es mi misión en este momento. Conocí al oso Arturo mientras escribí un libro llamado “Los animales hembras”. Pensé que podía ayudarme, acaso contarme sobre el celibato o darme precisiones sobre algunas osas. Tal vez yo buscaba generalidades sobre el género animal femenino. Y él se mostró tan dispuesto a conversar que supongo que allí nos hicimos amigos. Comemos pescado una vez al mes, mínimo.

En honor a aquellas jornadas comprendí que, pese a mi sueño, ahora debía oírlo. En ese trance me preguntó si me había enterado lo que había escrito Cher.

M -¿Pero esa tipa no es la que canta? –dije, un poco asombrado. -¿Ahora también escribe?- Detesto a las personas que escriben y cantan. O escribís o cantas, en mi apreciación del mundo.

OA -Yo no sabía que esta mina tenía Twitter- escucho, al otro lado. –Y me entero porque llamaron unos amigos de Canadá. Ahí me contaron que Cher le había escrito a la presidenta, diciéndole que no lloraba como Evita. Y que le pedía que me dejaran que me tomara el palo de acá. Y que si me moría ella iba a tener mi sangre en sus manos.

M -¿Estás hablando en serio, Arturo?- interrumpo. Y me sale un bostezo, corto y rápido, como gambeta de Messi.

OA -Te llamo porque estoy desesperado. No sé qué hacer. Cuando vienen los meses buenos, ahora que más o menos puedo respirar, comerme unos chocolates, moverme un poco, ir al gimnasio, viene esta mina a joderme la vida. No hay derecho, pendejo. Soy un oso, no jodo a nadie, hago la mía, me curto por el calor de este desierto infernal. Y me quedo en el molde. ¿Qué es lo que tengo que hacer?-reclama.

Por fin Arturo toma aire, pienso. Vive en Mendoza como esos enfermos que respiran en jadeos. Es insoportable tomarse unos tragos con él en verano. Parece que estuvieras delante del Polaco Goyeneche o de Sandro. Por suerte, Arturo nunca probó un cigarro en su vida. Una vez me dijo: “Lo único que falta que me pidan es que en este calor fume debajo del agua”. Y se rió, con esa risa de aquellos que aceptan el destino sabiendo al detalle que hay otros destinos que nunca golpearán la puerta.

Quiero cambiar un poco el tema, sacarlo de la angustia que me estremece (o quizá es un chiflete que viene de la ventana). Continúo medio dormido, acalambrado por cierta fatiga. Ha sido un día largo. Le narro un chiste tonto, sobre un oso hormiguero. Creo que se lo conté hace unos meses. La historia es que se encuentran dos animales en un descampado. Mantienen el siguiente diálogo:

- ¿Y vos qué animal sos?

- Yo soy un perro lobo.

- ¿Por qué?

-Fácil. Mi papá es perro y mi mamá una loba. Y vos, ¿qué animal sos?

-¿Yo? ¿No me ves? Soy un oso hormiguero.

-¡Muy gracioso! 

OA -Siempre que lo contas me haces reír, pendejo-agrega.

Me alivia saberlo. Pero él está incontenible.

OA -La verdad que eso no me saca el bajón, pendejo. Acá se están muriendo todos. ¿Te acordas del león que nos prestaba el mazo de cartas? Bueno, murió, hace unos días. Y ahora, esta Cher que escribe para que me rajen de aquí, justo ahora que empieza el inviernito -aclara.

Mientras me cuenta las penurias hago tiempo para leer lo que Cher escribió. Revisé el hash de Twitter #FreeArturo. Miles, miles de mensajes. Y hasta una foto de unas modelos sin ropa.

M -Che, Arturo- interrumpo. -¿Viste las garotas que salieron desnudas pidiendo por vos?OA 

-Ni me hables de eso tampoco. Yo quiero osas, pendejo. Las garotas quedátelas vos. Quiero que me manden algunas osas. Mujeres veo aquí, todos los días. Yo les gusto, parece. Vienen, me tiran morfi, ponen caras dulces, otras de pena. Yo quiero una osa como Dios manda-exige, de repente.

Pienso: las mujeres se hacen muchas veces las osas. No lo comento. Su soledad siempre aparece en las charlas. Y ahora no sería lo más indicado para conversar.

Retoma, rápido, el monólogo.

OA -Y encima Cher, que siempre ha defendido los derechos de los homosexuales, que tiene un hijo transexual, me está dejando pegado con los gays. Lo único que me faltaba-rezonga.

Pregunto de dónde sale semejante disparate. Es obvio que Arturo atraviesa una crisis severa.

OA -Me están mandando mensajes los osos gays, los barbudos, esos gordos todos vestidos de cuero. ¿Vos entendes lo que está pasando?-se queja. –Y encima, como si no tuviera demasiados quilombos, Tinelli ha vuelto a poner a ese muñeco mamarracho en el aire. A veces pienso que en lugar de oso tendría que haber nacido hormiga-remata.

Sigue su descarga, por largo rato. Creo que no tiene fin. Grita, de a ratos. Está indignado, muy ofendido. Del resto no me entero demasiado.

OA -¿Estas? ¿Decí algo? ¿Te dormiste? ¿Pendejo, estas? Siempre me haces lo mismo. El único que tiene a derecho a invernar soy yo. Porca. Vida porca, la mía.

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