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14 marzo, 2017

Todo muerto es político, mi amor

Yo no quiero más música si alguien muere.

Prefiero que si hay muerte sea por amor, por pasión, por algo más importante que una o dos canciones de mierda. Elijan el compositor que quieran: desde Bela Bartok al Chango Nieto. En un punto es lo mismo. 

Que se calle el cantor, si es necesario, para salvar vidas.

Nunca supe muy bien si el rock era como una cumbia disfrazada. 

He visto a los Stones y a otros que parecen "indispensables". Lo más triste que he hecho en mi vida es ser periodista de rock. Por suerte así empecé, hace rato, este oficio. Cada día que pasa me enternece aquel pelotudo atómico que le daba entidad a otros pelotudos quizá más atómicos.

No me gusta que nadie muera. Coincidirán que es lo menos de lo menos. 

Y morir en un recital es casi indignante, sofocante para la civilización. Me carcome una angustia indescriptible. Seas Lennon o Charly o el pelotudo más independiente que no escucha nadie.

Pero con la muerte no se jode. Se muere una sola vez en la vida. Y morirse como esta gente en Olavarría es casi una ofensa a la muerte pero también a la vida.

Nunca hay que morirse por nadie. A lo sumo uno podrá decir que se muere pero como metáfora. Hasta puede ser fans o legítimo degustador de una música. Pero morirse es otra cosa. 

Muerto ya no podes oír nada, salvo, dicen, campanas celestiales.

Me cago en ese sonido si todavía te falta kilometraje en las espaldas. 

"Morir es facil. Lo dificil es la comedia" Eso aprendí de un epitafio.

Morirse es una elección. Y mi espíritu liberal es inquebrantable. Pero que te maten ya es otra categoría. Jodida. Siempre injusta. Acaso innecesaria.

Todo muerto es político, Patricio Rey.

Ni cavar tumbas es rock, sino una pena que hasta ahora no he visto en ningún gesto de alguien que canta que estar fuera es mejor que estar dentro, pero que no se embarra en la realidad, sino en la estúpida creencia de la inmortalidad. 

Nadie entra al Paraíso con muertes en la espalda.

22 julio, 2013

Indio Solari, eras una estrella

Eras una estrella. Una más del cielo. Tenías el pasaporte libre para cualquier punto de la Vía Láctea. Te reías del papeleo que existía antes de unificar la burocracia del continente. Eras un viajero, sin tiempo ni equipaje, salvo lo que llevabas en tu bolsillo o lo que hacías que cargara tu manager o novia de circunstancia. Te inspirabas en el viaje atómico (así lo explicabas antes algunos periodistas, los de mayor confianza), y componías esas canciones, que hablaban de lugares soñados, algunos reales, otros inventados. Y eso hacía que el tiempo fuera de los otros y no el tuyo: era como un viaje a cargo de un piloto autista: marchabas por las ciudades, cantabas, tocabas y cuando te despertabas ya estabas en otra ciudad y seguramente la almohada del hotel era tan incómoda como la del último hotel. ¿Querías una almohada como la de tu piso? Pues bien, eso ya iba a quedar para otra vida u otro viaje, acaso uno místico. La vida del rock star tiene estas cosas: de todo, menos tu propia almohada para soñar mejor, para descansar, como sí lo hacías antes de la parafernalia. Es lo que habías elegido. ¿Lo recuerdas?