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14 junio, 2012

Cuando se murió Osvaldo Soriano

El último libro de Soriano que ubiqué en las gateras de mi biblioteca fue “Cuentos de los años felices”. Había olvidado su dedicatoria. Sabía que era un regalo de mis padres y sabía además que era extraño que eso hubiera sucedido. Decía la clase de cosas que en público a uno lo avergüenzan de sus padres. Terminaba con la firma de “tus reyes magos”. Hace un rato, cuando releí la imprenta azul, me emocioné.

Acabo de enterarme de la muerte de Soriano. Es un lamento que durante unos segundos deja la mente en blanco. Corro hasta la televisión. Está encendida. Paso tres, cuatro, diez canales. Abandono la habitación. Siento como una ingenua impotencia. Conocí a Soriano hace unos años. Fueron tres horas inolvidables. Siempre pienso en las horas que pasé con los muertos que dejan de vivir. Siempre digo que son inolvidables.

“Cuando un hombre muere sin causa aparente, cuando un hombre muere, simplemente porque es un hombre, nos acerca tanto a la frontera invisible entre la vida y la muerte, que no sabemos de qué lado nos encontramos…” (la primera página de “La invención de la soledad”, de Paul Auster).

Los libros y la panza de Soriano emocionan. Su estilo, más tarde, más temprano, se inscribe en la tradición, aunque para quien primero vive, después lee y recién escribe, Soriano ya es la tradición.

Era de San Lorenzo y vivía en la calle Iberlucea, en la República Popular de la Boca. Era y vivía de Carlos Gardel, lepera, Charly García, Miguel Angel Solá, Roberto Arlt, Raymond Chandler, Aníbal Troilo, Olmedo, Goyeneche, Jim Thompson, y principalmente de Manuel, su hijo.

Los dos primeros libros que recibí de mis padres ocurrieron en la infancia. En uno podía colorear. Consumí varias cajitas Fader en payasos, paisajes con sol y mar y montañas, elefantes trompitas y pelotas inflables. El otro libro, en cambio, era un cuento con ilustraciones. Mi mamá nos dormía con historias de dromedarios que mi hermana, un día cualquiera y no hace mucho, recordó en un relato exacto, hasta en sus detalles.

Años después quebré alguna clase de pacto: empecé a leer para escribir. Hasta el momento escribo peor de lo que leo. Pienso en lo que me dijo Soriano: “El escritor es un tipo que construye e imagina ficciones para simplificar la vida”.

Paul Auster perdió a su padre una mañana de enero, en 1979. Antes que ocurrieran otras cosas, antes que fuera demasiado tarde, empezó a escribir “La invención de la soledad”. Allí escribe acerca de la muerte de su padre, de cómo era su padre, de él y su padre, y finaliza con el profundo dormitar de Daniel, su único hijo. Luego de encontrar final para “La invención de la soledad”, Auster decidió convertirse en escritor. Tenía 32 años. Dentro de meses cumplirá 50.

Ayer manejaba por el Parque Cívico. Final de siesta, calor seudotropical, verano lento. Una paloma se sumó a mi camino. Seguí el degradé de su plumaje, las formas de sus alas, la posición reservada de sus patitas. Era la más linda entre el grupo de palomas que en solitario abandonaba al resto en su vuelo. Su sombra atravesó el tren delantero de mi coche, recorrió el capó y a la altura del parabrisas desapareció con rapidez e instinto, como un parpadeo.

A la noche, mientras bostezaba, seguía una estrella fugaz que se perdió en el balcón de un 6º D (o puede haber sido 6º E). Pensé en la paloma de la tarde. Pedí un par de deseos y tardé en dormirme.

“Comenzar con la muerte, desandar el camino hasta la vida y por fin regresar a la muerte”. Auster lo aclara de inmediato: “En otras palabras, la vanidad de intentar decir algo sobre alguien”.

Pienso que los padres son como estrellas fugaces y que entonces nuestros hijos son palomas sueltas en la naturaleza. Soriano estaría de acuerdo. Y me duermo, casi sin darme cuenta.

(Tinta Roja, publicado el 9 de febrero de 1997, El Altillo, Diario UNO Mendoza)


11 marzo, 2009

Osvaldo Soriano y las fotos que hablan


Por Mauricio Runno

Hace años, más de quince, lo busqué a Osvaldo Soriano por Página 12, en Avenida Belgrano (la avenida de los recién divorciados porteños en procura de camas y otros mobiliarios indispensables). Fue una entrevista larga, y, una entrevista larga, con un escritor como lo era Soriano, entonces, parecía más un curso Academia Pittman, que un reportaje para inaugurar el suplemento cultural de un flamante diario mendocino. Soriano en algún pasaje habló sobre Carlos Gardel. Y dijo que era una foto que hablaba, que, al menos a él, le hablaba. Y confesó haber fracasado en la escritura de una novela con el Zorzal nac & pop, a causa de no poder hacerlo hablar en su historia. “¿¡Quién tiene el coraje de hacerlo hablar a Gardel, eh!?”, concluía.

Los de las fotos que hablan es un recuerdo nítido de aquella vez. Fue una muy buena forma para describir, en el periodismo, algunos detalles que siempre suelen quedar relegados, por falta de tiempo o espacio o atención, o lo que fuera. Y ya se sabe que, lo que no va al periodismo, suele ir hacia la literatura, al menos en el caso de los que transitan los más o menos cordiales espacios de ambas actividades. ¿Un escritor es un hombre que escribe, después de todo?

Hay tres fotos de la semana, que hablan. No sé cuándo empieza la semana, pero, diremos, comienza cada jueves. La primera, en cronología (eso sí lo sé), es la de la presidenta, Cristina Fernández. Contra todos los pronósticos, que no suelo leer entre las repercusiones locales, decidió venir a la fiesta máxima del confín de su vicepresidente, Julio Cobos. Más fácil o menos valiente: hubiera mandado un par de ministros, funcionarios afines, pero menores, y delegar cualquier clase de gesto de parte del cobismo integrista (lástima que todos simpaticen por el Tomba), que, aquí, es, por el momento, un cántico: “somos locales otra vez, y ya lo ve, y ya lo ve…”).

Se los ve hermosos, a la presidenta y al gobernador. Rozagantes, contentos, amables en hablar con la televisión en vivo, saludar los últimos carros de la vía blanca. Es una pareja a tono con los ánimos espirituosos de la vendimia, aunque luego acorralen a la prensa: ¿no es hora que la seguridad de los funcionarios se democratice, actúe con ánimos más republicanos? Es verdad que también necesitaríamos hombres de prensa en iguales condiciones. De cualquier manera, la foto de Celso y Cristina, es una imagen que habla desde la construcción, desde el enemigo común y el de saberse parte de un grupo que precisa la legitimidad de un proyecto, más nacional que provincial, al que se considera vigorizante.

La segunda imagen es también la del gobernador, y la de otros que alguna vez lo fueron. Mendocinos que de algún modo continúan la tradición de San Martín. Es la foto más impactante de las tres: hace mucho tiempo no se reunían. Y todos unidos almorzaron en la Casa de Gobierno, lugar donde, también, todos ellos, a su tiempo, atendieron asuntos públicos. Al menos por cuatro años. Si hay un ejemplo para salir de la Argentina ególatra, la condenada al divismo, es que todos, los peronistas, los radicales, los que no se hablan, los que se hablan poco, los que se critican en la intimidad, los que derrotaron al otro (y esto es la guerra y el arte de la política, señores), estuvieron juntos, alrededor de una mesa. Aún no sabemos el menú, aunque ya se sabrá: paciencia.

No hay más impacto que los gobernadores de la democracia local en un gesto tan político como el de este testimonio fotográfico. No hay términos medios en una postal de la Argentina profunda: o todos son más de lo mismo, o todos ayudan a que no seamos una Mendoza descalabrada. Bordón, Gabrielli, Lafalla, Iglesias, Cobos, junto con Jaque, deben tener experiencia. Si ellos no la tienen, mis amigos, vayamos sacando turno para el analista más completo. Y para ellos también, claro. Quizá la no presencia del extinto Felipe Llaver les otorgue más oportunidades para no criticarlos por el modo errático de Mendoza y la Nación en las últimas décadas.

La tercera, y última foto, no llegó a serla, al menos desde esta crónica. Maradona y Riquelme, el escándalo de los 10 a sangre caliente, a piel abierta. Parece una canción de Pimpinela, una pelea berreta de Jorge Rial, un reality de los chatarras. No están en una foto juntos, no, para nada. Lo que eligen es una foto partida, de un lado, el entrenador, del otro, el jugador. No estaría mal recordarles que alguna vez vistieron la 10 de Boca, la de la Selección, y que la gloria no es ganar siempre, sino perder lo menos posible. Y no es el catenaccio sin gracia de Bilardo, lo que se elogia, sino un más que racional puente hacia la mesura, una suerte de efecto anti Moria Casán, un poco de humildad, viste.

El resto, pibe, como decía Soriano aquella tarde en Avenida Belgrano, es literatura, viejo.