Yellow Submarine y otra tragedia argentina de lo más normal en la anomalía eterna de vivir


Por Mauricio Runno

Como buenos pretenciosos, los argentinos hemos adelantado el carnaval. Nada desmesurado en alegría como en Río ni tan delicado como el de Venecia. El carnaval argentino padece el estigma de asociarse con la tragedia, lo macabro y hasta lo perverso. Le ponemos onda al disfraz e insistimos en arroparnos bajo atuendos de hombres y mujeres invadidos por la generosidad, la bondad, la ética de la solidaridad. Nos lo creemos hasta que el disfraz efímero, al otro día o el lunes, nos deja expuesto a lo que somos: una suma (cuando no resta o divisiones) de voluntades dispersas en un confín del mundo en donde predomina el reino del revés.

La muerte es lo único que detiene seriamente a los argentinos, más cuando se trata de tragedias que, para peor, podrían ser evitadas. No alcanzaría la emisión monetaria más estrafalaria del mundo para colocar en nuestros billetes a los miles y miles de héroes -y víctimas- de la Argentina caníbal. 

Argentina es un país en el que la atención está puesta en la muerte. Como si hubiera posibilidades más allá de lo fatal, en este afán tan atávico de querer hacer las cosas a "nuestro" modo. El país se muestra en muchos casos como insoportable para los que estamos aquí y sencillamente ridículo para quienes vienen desde fuera.

La lógica de hacer las cosas bajo el sello de lo argentino nos lleva a creer que somos capaces de construir un algo que quizá fuimos -o pretendimos- y a esperar que esa ficción, finalmente, se nos vuelva realidad. Hasta los escritores argentinos se han rendido ante la potencia de lo cotidiano.

Es como si dependieramos del milagro de lo inexplicable, como si los problemas, al ignorarlos, no existieran. E incluso vivimos la paradoja de reclamar hasta el infinito por mejoras, por nuevos rumbos, pero ninguno quiere ceder un centímetro de confort, de privilegio, de comodidad. Y de pronto descubrimos que no solamente existen los countries o la gastronomía de Palermo Bagdad , sino una vastedad absoluta llamada Mar Argentino.

La doble moral debe ser una de las peores condiciones de las sociedades que aspiran a progresar en sus logros colectivos o en nuevos paradigmas a modo del vintage "valores humanos". La doble moral no hace más que prolongar lo aparente, las formas, ya que se mienten a sí mismas en su génesis. Hasta los grupos que aquí se autodenominan como la izquierda o lo incorrecto se reservan en lo profundo de discursos y pragmatismo, el genoma conservador. Es decir: ni la izquierda es la izquierda. Pueden imaginar el resto.

Hacer una cosa distinta a la que se dice es uno de los deportes que le siguen al fútbol en popularidad.

La situación con el submarino perdido vuelve a traernos la zona de lo "desaparecido" a lo más alto de nuestra tradición, como esos destinos que se repiten hasta el hartazgo en las opciones de compra por Internet. Técnicamente, diccionario en mano, desaparecer es "dejar de estar a la vista o en un lugar (...) dejar de existir".

¿Qué nos une, al sur del sur, con lo desaparecido? ¿Por qué extraña fuerza magnética nos mantenemos ligados con la desaparición? ¿Cuál es la facilidad inusual con la que contamos para aparecer y desaparecer?

Tato Bores en sus tremendos ciclos en televisión propuso en la pantalla, en medio de la década del 90 un ejercicio maravilloso para pensar, reír y amar y odiar a la Argentina. En el rol del científico Helmut Strasse, una suerte de argentinólogo, su gran teoría era demostrarle al resto del mundo que eso llamado Argentina, en efecto, alguna vez había existido. Y  para comprobarlo se dedicó a rastrear un país, una civilización, que simplemente desapareció. El mundo siguió girando y muy a veces la humanidad reparaba en aquello que surgía como un vacío inexplicable.


La visión de Tato Bores resulta inteligente, llena de gracia, ironía y hasta de dramatismo. No deja de emparentarse con la forma de producir conocimiento a través del humor, una de sus marcas indelebles en nuestro mapa audiovisual. Posiblemente hoy el programa de Tato Bores sería incorrecto para las grandes audiencias, encarnizadas y capaces de juzgar y condenar a cualquiera por mínima portación de rostro o sostén de opiniones distintas. Ya no es la grieta o lo que sea que eso signifique, sino una atomización que nos autopulveriza.





El carnaval del submarino vuelve a demostrar la clase de periodismo con que contamos, la clase de fuerzas armadas, la clase de dirigentes políticos, la clase de subdesarrollo en el que vivimos, la clase de Estado que hemos podido conseguir.



Ningún discurso o relato encarna en la sociedad tanto como la elocuencia de lo fatal, de lo tragicómico, del humor negro. 

Ni idea sobre cómo se desaparece un submarino. Apenas intentar acercarse a quienes padecen en cuerpo y alma un absurdo, por donde se lo mire (más allá de los responsables específicos, todos los somos de alguna manera). ¿Funcionará como un espejo? ¿Superaremos el like, el meme o el tuit pavo? ¿Qué cuestión alucinante atrae tanto a los argentinos a las redes sociales? ¿En qué momento tan narcisista creímos que nuestras vidas y opiniones son tan indispensables de exponer en ellas, sin demasiada gracia, sentido del decoro o buena educación?

El único que cambió el mundo fue el que inventó Facebook. Y no hay noticias, hasta ahora, de usuarios militantes o no que lo haya superado. Ni aquí ni en la China.

La mejor versión en español de la canción de los Beatles repite estos fragmentos en su letra, que, a tono con sus creadores, podría ser también una cosmovisión.

En el pueblo en donde nací 
Vivió un hombre que navegó los mares 
Y nos contó sobre su vida 
En la tierra de los submarinos. 

Así que salimos navegando hacia el sol 
Hasta que encontramos el mar de lo verde 
Y vivimos debajo de las olas 
En nuestro submarino amarillo. 

Todos nosotros vivimos en un submarino amarillo. 

Mientras vivimos una vida en comodidad, 
Cada uno de nosotros tiene todo lo que necesita, 
Cielo azul y mar verde 
En nuestro submarino amarillo. 


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