Sale el espectro, flamante novela de Philip Roth





El relato de la América profunda


Hay una novela dentro de una novela, como la suerte de aquellas muñecas rusas milenarias, que siempre esconden una réplica menor. Esta proeza literaria es una de las tantas muestras del enorme talento de Philip Roth en su novela más reciente en nuestro idioma (“Sale el espectro”, originalmente publicada en octubre pasado como “Exit Ghost; ni siquiera la traducción de varios pasajes incomoda, característica extraña, claro). Esa novela “menor” bien podría ser una nouvelle de amor. Allí existen dos únicos y excluyentes personajes (ella y él). Escrita como una pieza de teatro es un compendio de lo que trata esta nueva obra del maestro: un amor intenso y profundo nacido al calor de un hombre de 71 años, al borde del verbo en su última práctica. O alguien que siente que todo suceso bien puede ser el último.
Es que siempre nos preguntamos, especialmente cuando el protagonista de la obra de Roth es uno de sus alter ego, el escritor Nathan Zuckerman, en dónde diablos y en qué andará ese hombre que, retirado o dentro del mundo, parece llevar en sus espaldas el mismísimo peso del mundo. “Sale el espectro”, en gran forma, salda parte de esos interrogantes que suelen hacerse los miles y miles de lectores de Roth en distintos idiomas y países: Zuckerman se ha retirado de New York al campo, a una soledad que le ha permitido escribir, escribir y escribir. Y luego de once años regresa a la Gran Manzana para ser tratado de un problema de salud que mitigue su incontinencia a causa de inconvenientes en la próstata.
Podría suponerse que el suyo es un regreso triunfal: más de una década fuera del circuito no ha hecho más que agigantar su estatura de creador, de infatigable orfebre de la novela americana y, en este sentido, es una de esas glorias literarias de la América profunda. Pero nunca es lo que parece, sino lo que es: y esta idea, que fue destacada por James Wood, el crítico del New Yorker, resume una de las principales cuestiones de la novela: “En ambos casos, el impulso de crear la ficción, el impulso de desear lo que no es, es el impulso de vivir más, ampliar la vida, devolver la vida, como Zuckerman anhela el rejuvenecimiento de su cuerpo. Y tanto el impulso de crear la ficción como el impulso de ampliar la vida pertenece a la fantasía mágica de lo infinito”.
La agilidad de la novela es una marca registrada de la narrativa americana. Y como buena obra deudora de sus antecesoras tiene tiempo para honrar las vitrinas de una literatura siempre en expansión. Desde Edith Warthon a William Carlos William, Wallace Stevens y la reivindicación de William Faulkner y Ernest Hemingway. También aparece Norman Mailer, hacia el final, cuando se evoca a un personaje que bien parece salido del Gatsby de F. Scott Fitzgerald, que también es citado a la hora de hablar de espíritus azorados “por la gran variedad de la vida”. Quien quiera leer una tradición entre los pliegues está más que autorizado. Y quien requiera de una ética de escritor también será satisfecho: allí está, como otro espectro, la figura del maestro de Zuckerman, no otro que un E.I. Lonoff, el arquetipo del modelo de escritor americano de mediados del siglo pasado. Ahora cualquiera con cierta constancia puede poner escritor en su pasaporte, pero, de allí, a creer ser cultor del arte literaria distan varios aeropuertos.
Pero aún así no es una novela de escritores para escritores, aunque la mayoría de los personajes se ocupen en ser figuras de un mundo vanidoso y por momentos tan narcisista como pequeño. Los nuevos amigos de Zuckerman en la ciudad (el llega en la semana que desemboca en la reelección de George Bush) son, claro, progresistas, y se ilusionan con John Kerry, aunque el padre de uno de ellos haga negocios con el padre del actual presidente nortamericano en Texas. O sea que este mundo de escritores, en el cual Roth es un verdadero maestro de la descripción, esquiva la autoreferencia y se inmiscuye en asuntos más universales: la codicia, el talento, el desamor, la impotencia o la injusticia.
No podría saberse si Philip Roth (al que sólo le falta el Nobel en su biblioteca de premios) es conciente que es el único autor norteamericano vivo al que la Library of America le está preparando la edición de sus obras completas. Sí sabemos, en cambio, que cuando creemos que su talento menguará, que su fuerza narrativa decaerá y que su técnica se repetirá, él siempre se encarga de sonreír ante estos juicios. La suya es una obra decididamente importante, fuera de lo normal, inteligente y madura. Sus libros más recientes hablan de la muerte, como si así la abandonara.
“Sale el espectro” lo confirma como el narrador de nuestros días por antonomasia, así en la tierra como en el cielo. Hace pocos días cumplió 75 años. Sólo parece ser un detalle apenas. Lo importante no es la edad, sino la vida. Y en eso Roth también es un modelo para respetar, admirar y, claro, copiar. Los grandes alumnos definen a sus maestros. Al revés que en el tercer mundo, donde los que no saben quieren enseñar, aprenden los que no enseñan y nadie sabe mucho ya que la tracción de la lengua siempre es más vigorosa que la del pensamiento. Es la lógica de los países bachilleres: sabemos un poquito de todo, pero, en el fondo, no sabemos nada de nada.
Dice Zuckerman (o sea Roth): “Hubo un tiempo en que las personas inteligentes utilizaban la literatura para pensar. Esa época está llegando a su fin. Durante las décadas de la gierra fría, en la Unión Soviética y sus satélites europeos orientales se expulsaba a los escritores serios de la literatura; ahora, en Estados Unidos, es a la literatura a la que se expulsa como una seria influencia sobre la manera de percibir la vida. Los usos predominantes que se da ahora a la literatura en las páginas culturales de los periódicos progresistas y en las facultades universitarias de lengua y literatura inglesa están tan destructivamente en desacuerdo con los objetivos de la escritura imaginativa, así como con las recompensas que la literatura otorga al lector de mente abierta, que sería mejor que ya no se diera a la literatura ningún uso público”.
Para pensar que Roth no se irá tan fácil de la escena, en la última edición del Festival de Berlín, la directora española Isabel Coixet presentó con gran éxito el filme “Elegy”, con Penélope Cruz y Ben Kingsley, basada en la novela “El animal moribundo”. La directora primero peleó con los productores americanos, que insistían en quedarse con la opción del montaje final (final cut). Ella ganó. Después le cambió el final a la novela de Roth. Y después de cinco encuentros con el escritor lo convenció. "Tengo la sensación que “El animal moribundo” tiene mucho de autobiográfico, que lo que cuenta la novela lo ha vivido el propio Roth. Entendió mi final. Roth está en la película. He sido fiel a Roth y a mí misma", dijo Coixet.
Ver para creer y leer para sentir. Están invitados a una fiesta literaria, donde, por ahora, no hay sectores VIP ni otras tilinguerías.

Video con pasajes de la novela y fotos de su carrera literaria:

Comentarios

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