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Kircher, el jesuita que faltaba

En el auge de la era K. me interesé por un K.. Lo confieso. Fue antes incluso que un compañero suyo de congregación llegara a la cumbre del Vaticano. Me alentó que éste no tenía "N" en el apellido. La nota se publicó el 21 de octubre de 2016 en diario MDZ.


Mauricio Runno

Jesuita

1. Integrante de la Compañía de Jesús, fundada en Italia por San Ignacio de Loyola en 1540.

2. Perteneciente o relativo a la Compañía de Jesús o a sus miembros. Colegio jesuita.

Atanasio Kircher me fue presentado por dos tipos sexys: Umberto Eco y Jean-Claude Carrière. Atanasio (Athanasius, el original, queda menos Les Luthiers, creo) fue un religioso alemán del siglo XVII. Escribió acerca de matemática, astronomía, música, acústica, arqueología, medicina china. ¿Su especialidad? Descifrar jeroglíficos.

Eco y Carrière. El primero es más conocido, más divulgado. El francés, en cambio, no es parte en Argentina del Olimpo de la Fama. Bien lo merecería, ya que muchos hemos visto sus guiones filmados, como el de "El tambor de hojalata", "La insoportable levedad del ser" o "Cyrano de Bergerac", para economizar su extraordinaria labor.

Los tipos resultan de lo más sexy y atractivos porque demuestran una pasión desbordante por la enfermedad inofensiva de la bibliofilia. Y porque, además, dialogaron acerca de sus preferencias, sus pertenencias (muchas de ellas joyas invalorables), en un texto que es casi una declaración de esperanza activa: "Nadie acabará con los libros".

Ahora que ya falleció Eco transcribí su deseo acerca de lo que debían hacer con su colosal biblioteca cuando él ya no estuviera entre nosotros. No deja de emocionar su plegaria. La ingeniería de su última fantasía.

Volviendo a este encuentro debe afirmarse que es más bien una charla amable, accesible y hasta divertida, a cargo de dos entendidos que no se jactan de serlo. 

Bromean, enfatizan, teorizan, pero lejos del tono apocalíptico. El moderador de las charlas, Jean-Philippe de Tonnac, remata su prólogo antes de sumergirnos en la aventura del conocimiento. Y la deja más que picando: "Homenaje sonriente a la galaxia Gutenberg, estas conversaciones cautivarán a todos los lectores y amantes del libro. Y por qué no, quizá susciten cierta nostalgia en los que ya poseen libros electrónicos".

Vida y obra de Kircher

Políglota, curioso, un dotado, quizá tocado por la varita mágica de Dios.

El jesuita, además de los más de 40 libros escritos sobre temas tan diversos (y dejar inconclusos 2000 manuscritos), es prácticamente el inventor del cine o, al menos, de las nociones que ayudaron a desarrollar este dispositivo que hoy nos parece de lo más normal. Entiendo que a mediados del 1600 esto podría haber motivado la pena de sus pares.

Aún así, Kircher fue un hombre de su tiempo, contemporáneo como el que más, un geniecillo refugiado en el legado de San Ignacio de Loyola, apenas un siglo después que comenzara a expandirse la obra jesuita.

Kircher aprendió griego y hebreo en el colegio de los jesuitas en Fulda, realizó estudios científicos y humanísticos en Paderborn. En 1628 fue ordenado y con premura huyó de la lucha entre facciones de dinastías en Alemania. Ocupó  cargos académicos en Aviñón, hasta radicarse en Roma, en 1634.

Allí permaneció, con la disposición precisa para absorber la información cultural y científica obtenida, no sólo a partir de fuentes europeas, sino  de la extensa red de misioneros jesuitas por el mundo.

El polifacético Kircher en un tiempo se apasionó por la vulcanología. Y su intrínseca curiosidad científica, rigurosa, la rodeaba de una concepción mística de las leyes y las fuerzas naturales. 

Tuvo la audacia experimental para descender al cráter del Vesubio y así observar sus características, poco después de una erupción.

Museo Kircher

Su obra es tan amplia que cuesta encontrar su "gran" obra. Era conocido como el "maestro de los cien saberes". Hoy, sin embargo, en Roma, cualquiera puede visitar el Museo Kircheriano, acaso un compendio de lo que motivó una vida increíble. Para montarlo lo ayudaron las colecciones de dos personas: el italiano Alfonso Donnini y el francés Nicolas-Claude Fabri de Peiresc. Este último sería clave para Kircher, pues su aporte fue una colección de antiguedades egipcias.

Jean-Claude Carrière afirma que en un momento, el jesuita fue considerado el padre de la egiptología, "aunque su idea de tratar los jeroglíficos como símbolos estaba totalmente errada". 

La búsqueda para destrabar jeroglíficos lo llevó a intentar un lenguaje universal, que hasta el propio jesuita creó en su idea de dar con la verdad, el mensaje oculto, aquello indescifrable. Logró una primera versión de la lógica simbólica.

Mientras tanto, otros padres jesuitas exploraron la comunicación con gestos, con resultados decepcionantes entre las naciones y el éxito revolucionario entre los sordos. Es que el lenguaje de signos americanos para estas personas, entre otros muchos, de hecho deriva directamente de estos primeros lenguajes gestuales jesuitas.

Kircher es aún más importante de lo que aquí se describe. Seguramente los curiosos podrán emularlo y hasta adentrarse en un mundo de taxidermia, energías ocultas, sonidos milenarios e, incluso, en conocer más la vida latente de los volcanes.

Si alguna vez los jesuitas intentaron aquí en Sudamérica hacer de la tierra una suerte de paraíso, haciéndose poderosos en medio de la selva, al punto que los debieron expulsar, Kircher ha ayudado a que ese espíritu se mantenga en pie. Probablemente existan mas eras K. de lo que pensamos. O de lo que nos hicieron creer.

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